jueves, 21 de agosto de 2008

Cero en Lingüística o epístola ecuménica (EXCLUSIVO)


a quien no ve la viga en su ojo


Escribe: Walter L. Bedregal Paz

Hace un par de días, luego de una invitación de la Alianza Francesa y un par de grupos literarios de Arequipa para un coloquio sobre poesía Sur peruana, a mi retorno a Juliaca estuve leyendo los comentarios que se están haciendo en torno a la antología «Aquí no falta nadie», texto de reciente publicación. Leía las apreciaciones de Ricardo Gonzáles Vigil, Ulises Juan Zevallos Aguilar, de poetas seleccionados y de algunos entendidos en cuestiones poéticas. Sin embargo, me sorprendió encontrar en el Diario Los Andes del 27 de julio, un comentario firmado por Feliciano Padilla. Luego de leer sus argumentos pueriles[1] sobre un anterior comentario mío publicado en el mismo Diario, quedé realmente sorprendido por la falta de formación literaria, académica y personal del mencionado docente.

Todo parece indicar que con este tipo de docentes en la UNA- Puno , evidentemente nunca podremos tener estudiantes que todos quisiéramos, es decir de calidad. Hay que tener en cuenta el enorme valor y vigencia de la interacción lector-escritor en el discurso escrito como base para el proceso de capacidades comunicativas, en sintonía con el carácter dialógico e interactivo del lenguaje escrito. Para lectores literales o denotativos como Padilla, se sugiere leer el método de análisis diseñado por Tirkkonen-Condit que propone el modo de organización textual «situación-problema-solución-evaluación» como columna vertebral de cualquier texto argumentativo. Hay fundamento teórico y empírico suficiente como para pensar que el uso que hacemos los hablantes del lenguaje es con el fin de alcanzar algún objetivo concreto y que, por tanto, cuando argumentamos, manipulamos los elementos lingüísticos a nuestro alcance para persuadir a nuestro oyente/lector. Más concretamente, hay autores que establecen un vínculo entre la organización temática, discursiva y esquemática del texto, es decir, la organización de los distintos argumentos a lo largo del texto, y las estrategias textuales que desarrollan los autores, entendidas éstas como variaciones conscientes del modelo de organización textual predominante en un texto con un fin determinado.

Argumentar es el arte de razonar a partir de opiniones generalmente aceptadas, siendo esta actividad un signo distintivo de los seres racionales. Al igual que en tiempos de Aristóteles y Cicerón, la argumentación oral o escrita, es todavía un tema de mucho interés para escritores, filósofos, estudiantes de lógica y retórica, antropólogos, sociólogos, psicólogos y lingüistas. En otras palabras, el investigador o los pretenciosillos que quieran analizar lingüísticamente algún texto, algún principiante en este rubro, Padilla puede ser un buen ejemplo, se le sugiere que aborde el estudio de la argumentación y que busque una definición de la misma en base a esquemas en donde pueda comenzar desde la retórica del discurso. Hay una gran variedad de respuestas y entidades discursivas, por ejemplo, desde la lógica, una argumentación es un tipo de razonamiento; desde la retórica, la argumentación comprende el conjunto de técnicas persuasivas que organizan el discurso persuasivo; desde la pragmadialéctica de Van Eemeren y Grootendorst, argumentar es un acto de escritura o habla/escritura complejos que se realizan al defender una o varias proposiciones (=argumentos o premisas) para apoyar o rechazar una o varias proposiciones diferentes (=conclusiones); desde la psicología social o cognitiva, la argumentación se basa en el intento de modificar la actitud del interlocuto, la vitalidad del constructo; etc.

Estudiosos de la retórica clásica volcaron sus esfuerzos en escribir libros que versaran en el arte de persuadir eficazmente, bien basándose en el ethos, pathos y logos aristotélicos, bien basándose en los cinco cánones romanos de la retórica desarrollados por Cicerón en su «De inventione»: inventio, dispositio, elocutio, memoria y pronuntiatio. En este punto, sería de aplaudir que el profesor Padilla revise dos líneas de estudio de la argumentación que han tenido una gran difusióna: la pragmadialéctica de Van Eemeren y Grootendorst y «la argumentatividad radical», de Ducrot y Anscombre.

Los siguientes 15 parágrafos, que en realidad son 44, pero este adelanto constituye una primera lectura como las claves para entender las limitaciones de Padilla, y también para notar mis puntos de vista con lo mencionado líneas arriba y finalmente engarzar con los dos párrafos finales:



I


Cualquiera que, haciendo violencia a su propia naturaleza, pretende cubrirse por apariencias de virtud y talento, no hace más que poner en evidencia sus múltiples defectos.

II

Todo indica que el respetado escritor Feliciano Padilla no ha entendido, tampoco podrá entender, que una antología no puede ni debe ser el libro en donde el autor se convierte en el vocero de sus amigos, de sus compañeros de trabajo. En el camarada de maestros y alumnos, aunque estos últimos, para Padilla, no existen en el mundo de la literatura, ya que serían una ridiculez completa.

III

A veces, para algunas personas, la senectud se convierte en un obstáculo de la perspicacia, pues otro punto que no está bien claro para Padilla, es que en el mundo literario, el compromiso intelectual de un escritor está con sus ideas y su escritura, y no con un club, una revista, una escuela o una camada de amigos de un bar de mala muerte.

IV

Lo que propuse con el artículo aludido por Padilla, «El carácter libérrimo de forjar antologías», era, y sigue siendo, el debate serio y no la repetición o el cacareo plumífero, que se sigue deteniendo en la cantidad de poetas seleccionados, sus lecturas del prólogo, ¿cuándo hablará de la poesía?, ¿cuándo podrá escribir algo del corpus poético?, ¿cuándo?

V

Quiero recordarle al «escritor y docente» Feliciano Padilla, que lo importante es ser «escritor y decente» y comenzar por no mentir: en mi antología no digo que Churata sea «doctrinero» y eso no es ninguna «idea descabellada», Churata es un maestro de verdad y debería ser un dios para Padilla. Pero él insiste en ofenderlo, ojalá, por su bien, los apus no le presten atención…

VI

Los argumentos «ad hominen» someten la discusión. Para qué tanta verborrea, si era más honesto y de hombres, además mucho más fácil, decir: «mis compadres zutanos y menganos, que además son narradores, no están en esta antología de poesía, y, por lo tanto, el libro de Bedregal no sirve». La mojigatería de Padilla ha llegado al límite de pretenderse analista de artículos, cuando él mismo, en su carta cometió 29 disparates y en su último comentario se pueden leer 67 errores, increíblemente de toda índole. Lástima que se publiquen comentarios tan deprimentes, tan carentes de imaginación, pues no tuvo ni siquiera ideas para esbozar un título a su grotesco desparpajo escriturario.

VII

Las limitaciones de Padilla, reconocidas por él mismo en su comentario, son sin duda imperdonables, por ejemplo: no sabe que con la lingüística no se hacen reflexiones de tal índole, porque simple y llanamente resulta que esta ciencia no sanciona usos. Si como Padilla quiere desconocer la metáfora en «forjar antologías», ¿desde cuándo los textos tienen tufillos?, ¿desde cuándo hay racismo barato?, ¿cómo es el racismo caro?, ¿desde cuándo hay escritores serranos?, ¿desde cuándo no existe la frase «abundancia de comprensión»? Esta última expresión podría ir con su condición de lector denotativo, pues a leguas podemos comprobar que se ha quedado en el nivel literal[2] de comprensión lectora.

VIII

Si uno conoce al autor, Padilla en este caso, que no descuella por sus dotes intelectuales y morales, sabría que no podía esperarse otra cosa de él, sino simple palabrería, y encima, mal utilizada.

IX

Quiero recordarle a Padilla y a quienes compartan sus arcaicas ideas, que me reafirmo plenamente en el título de mi antología, en el prólogo, en los poetas seleccionados, aunque algunos que él ha llamado «serranos» no merezcan estar en este libro, y esa justamente es la prueba más grande de la autenticidad de la antología.

X

Aunque a mí no me gusta recomendar, a veces hay que hacer excepciones, por amor al prójimo, por eso quiero recomendarle al profesor Padilla, que lea la última edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española , estoy seguro que le servirá de mucho y, por supuesto, por si puede completar la faena, a ese esfuerzo puede aumentarle un cursito de comprensión lectora con los niveles básico, intermedio y, si llega al avanzado, yo podría darle alguna dirección, aquí en Juliaca hay buenos docentes. Y si quiere entrar al debate literario, para terminar este parágrafo, el domingo 27 de julio, en el diario Los Andes, José Luis Ramos Salinas escribió un verdadero comentario, hay que aprender de esa capacidad de análisis y discurso, profesor Padilla.

XI

Los buenos escritores no son aquellos que viajan a encuentros de escritores a Cuba, o a cualquier otro país, sino, los buenos escritores son aquellos que escriben apropiadamente, inclusive dentro de una choza construida en la punta del cerro más lejano. Al maestro Padilla, por ejemplo, de nada le ha servido pretenderse lector de tantos años y ejercer el doble de años la labor académica en una Universidad del Estado. Un verdadero escritor nunca ofrece sus libros para obtener lectores, el libro gana lectores por sí solo. Sino, como ejemplo cercano, que vea el caso de mi antología. Debería emplear el tiempo en leer[3], en vez de viajar.

XII

El mundo que habitamos es más amplio, no se limita a un poder transferido o a la edad de la canicie, profesor Padilla. El único poder que sobrepasa los grupos y la turbiedad de las acciones es el poder de la creación, de la autenticidad, precisamente el poder que le fue negado.

XIII

Seguramente, Feliciano Padilla, estará satisfecho creyendo haber llegado a la altura de Barthes, Dérrida, Beaugrande o el mismísimo Teun Van Dijk. Ha pintado una «estupenda» aura con grises de colores... Pero cuidado, ¡qué mala suerte!, ¡viene la lluvia!

XIV

Las invectivas se repiten. La ausencia de debate y de inteligencia ya comienza a enmohecerse, precisamente por la repetición de las acusaciones y los lamentos. Antes de seguir perdiendo el tiempo con bagatelas como las de Padilla, prefiero continuar con el trabajo de la próxima antología de narrativa puneña que ya está en pre-prensa.

XV

No se piense que con estas líneas sea enemigo de Padilla, de ningún modo, por el contrario, lo estimo y lo felicito por ser un intelectual preocupado y haber seguido fielmente mis comentarios, por haber sido un atento seguidor de mis publicaciones. Pero un apunte final, que en la siguiente ocasión no cometa errores ni funja de eximio redactor, tampoco le voy a permitir que se siga colgando de mi libro para buscar nombradía, que busque fama o gloria con su propio esfuerzo, con sus propios libros. Yo, como muchos otros, sé perfectamente lo que decía Montaigne: «Todo hombre lleva en sí el peso de la humana condición». Pero hay que hacer un esfuerzo, y con mayor razón si se es profesor o narrador.


Finalmente, por si no lo sabe el profesor Padilla, la argumentación es una actividad que tiene como objetivo enfrentar y, si se puede, resolver una diferencia de opinión, explorando la justificación de puntos de vista opuestos. Así, la estructura de una argumentación va tomando forma adaptándose a las (posibles) dudas, objeciones y tesis opuestas que se le formulen. De lo anterior se deduce que Van Eemeren y Grootendorst se aproximan al estudio de la argumentación como un proceso, no como un producto, al contrario que los enfoques lógicos o el modelo de Toulmin. En este entender, las suficiencias lingüísticas abarcarán otros espacios que tendrán que ver con las micro-creencias, es decir, aquellas que se realizan lingüísticamente a partir de oraciones simples, pueden ser favorables, neutras o desfavorables con respecto al asunto del que se hable y además, el hablante puede estar en acuerdo o en desacuerdo con cada una de ellas. Zammuner también habla de macro-creencias, que aproximadamente se corresponden con la oración compuesta, y analiza las relaciones semánticas que se dan entre dichas macro-creencias en el discurso argumentativo.

Las macro-estrategias semánticas, que ya habían sido estudiadas previamente por Zammuner, son: a) Explicar, b) Elaborar o expandir, c) Ejemplificar, d) Apoyar un argumento, e) Introducir una discontinuidad semántica, es decir, contraponer creencias opuestas, y f) Derivar una conclusión.

¿Alguna vez podrá Padilla realizar un trabajo serio? ¿Algún día sucederá eso en Puno, si volviendo la cara a la realidad, contamos, por ejemplo con intelectuales como el docente mencionado?

[1] Lo que le compete a un docente, según las pretensiones de Padilla, es hacer un trabajo hermenéutico del texto. Por ejemplo realizar abstracciones y aplicar un modelo de análisis semiótico (Greimas), abstraer y aplicar un modelo de análisis hermenéutico (Ricoeur), abstraer y aplicar un modelo de análisis deconstructivista (Derrida) o, en todo caso, abstraer y aplicar un modelo de análisis textual a partir de la obra de Roland Barthes.

[2] En el proceso de comprensión lectora se realizan diferentes operaciones que, de acuerdo a la capacidad de comprensión, pueden clasificarse en cinco niveles básicos que surgen a partir de una propuesta de Bloom, pero que algunos estudiosos han querido complementar del siguiente modo: 1) Comprensión literal, donde se recupera la información explícitamente planteada en el texto y se la reorganiza mediante clasificaciones, resúmenes y síntesis; 2) Comprensión inferencial, que permite, utilizando los datos explicitados en el texto, más las experiencias personales y la intuición, realizar conjeturas, supuestos o hipótesis, pero siempre en base a lo leído; 3) Comprensión crítica-analítica, mediante la cual se emiten juicios valorativos; 4) Comprensión apreciativa, que representa la respuesta emocional o estética a lo leído, se considera el texto y el autor. 5) Comprensión creadora, que incluye todas las creaciones personales o grupales a partir de la lectura del texto. Es decir, el lector es capaz de crear en base a lo leído.

[3] En cuanto al modo correcto de emplear el tiempo, Padilla podría conseguirse textos como «El grado cero de la escritura», «Sade, Fourier, Loyola», «Barthes por Barthes», «Lo obvio y lo obtuso» y «S/Z» de Roland Barthes. También a Ducrot y su «Polifonía y argumentación», a Escandell y su texto básico titulado «Introducción a la pragmática», una lectura de Hoey y su «Interacción textual», le hará bien leer a Perelman y su reciente texto «La nueva retórica», será un buen duchazo, también al leer ese libro se verá obligado a leer el «Tratado de la argumentación» del mismo autor, bueno, tal vez leer mucho le cause daño, por eso pongo este etc. Creo, sinceramente que serían lecturas clave y, después quizá podría escribir algo serio, esto lo digo viendo sus limitaciones. Al final, estoy seguro me agradecerá, ya que esas son lecturas obligadas y de formación.